viernes, 8 de septiembre de 2017

Taller literario

Metáforas del sufrimiento:

Caída, recaída, pozo, ciénaga, insectos, vacío, ira, desierto, páramo, vómito, persecución, ridículo, túnel, palpitaciones, terquedad, explosión, derrumbe, silencio, balbuceo, sequedad, acero, diagnóstico, tormenta, resquebrajamiento, tragedia, estrago, cuervos, burla, absurdo, nubes, hielo, sombra, arañazo, gemido, desgarro, infierno, amenaza, huida, despilfarro, sacrificio, anhelo, trance, sangre, oscuridad, autolesión, púas, ortigas, espectros, veneno, escrúpulos, grieta, ombligo, náusea, sacudida, peligro, extrañamiento, despersonalización, feroz,


Metáforas de la alegría:

Abrazo, amigas, justicia, horizonte, complicidad, transparencia, feminismo, rebeldía, generosidad, creación, romero, fresas, placer, inspiración, brillante, celebrar, maullido, revolcón, intimidad, valiente, bosque autóctono, pactos de cuidado, llámame a cualquier hora, son cubano, luciérnagas, lasaña, invitación, detalles, cariño, cariño, cariño, cariño, cariño.....  



miércoles, 30 de agosto de 2017

Luciérnagas

Qué tristísimo es sentir tristezas ajenas que no se dejan tocar. En el activismo en salud mental, el que se hace a nivel interpersonal, hay una carga de estrés por el dolor del otro que va implícita. Hay también un grado alto de desobediencia al imperativo psicológico neoliberal de que cada palo aguante su vela, y el precio de esta desobediencia puede ser alto.

He dejado tantas veces que el dolor ajeno se hiciese uno con el mío propio desde hace tantos años, que parece como si se hubiera convertido en mi naturaleza. También lo he confundido hasta el punto de creer que lo que me ayuda a mí le puede ayudar a los demás, lo cual es peligroso porque tiendo a ser dura conmigo misma, a elegir los caminos más punkis para que la luz se haga más rápido, la luz que me deja hacer el análisis correcto. Y eso puede ser demasiado para algunas personas. Para otras no tanto, quizá más parecidas a mí. Así que seguro que me equivoco más veces de las que acierto, y eso también duele, y se suma al precio doloroso de la desobediencia.

Lo más importante es poder hacer entender, a las personas que lo pasan mal, que son luciérnagas, porque aunque muchas veces no vean su propia luz (quizá porque alumbra a partir de sus espaldas, es decir, a posteriori), los demás sí la vemos, y vaya si la vemos. Dicho de otra manera, la influencia bonita de la luz de las personas es algo completamente intangible, que se expresa en forma de alegría, reconforto, aprendizaje, experiencias compartidas, inspiración, caminos que empiezan, o recuerdos bonitos. Así que lo mejor será decirlo. No vamos por ahí diciendo "eres una luciérnaga", tendemos a expresarlo con otras palabras más comunes, pero que significan lo mismo: Te quiero. Eso queremos decir cuando decimos que queremos a alguien, le estamos reconociendo su estatuto inalienable de luciérnaga. Aunque todas las personas tengamos zonas oscuras, brillamos aún sin ser del todo conscientes.

Brillamos mientras vivimos. Si somos zombis por temporadas, bueno será darse cuenta pronto, y hacer algo contra esa inercia de la pseudovida. Encontrar sus causas, analizar las consecuencias de quedarse inmóvil, empezar a moverse, por ejemplo pidiendo ayuda, o aceptando, de la manera que sea, la que se nos ofrece aunque no la hayamos pedido (aunque depende de quién venga, claro, eso también es valorable) Y si es con amigxs, debería ser más fácil. A mi los amigxs me han ayudado tantísimo, siempre, que si estoy viva y no zombi, es gracias a ellxs, por encima de cualquier otra consideración en lo que a cuidados se refiere.

lunes, 28 de agosto de 2017

Cuesta arriba

 Un año, dos años, tres, décadas incluso. Las malas épocas pueden instalarse en la vida de una, literalmente como un cáncer. Algo pegajoso, como de que nada encaja y de que tampoco nosotros encajamos. Cualquier contratiempo es agonía, o señal agorera de que nos marca un destino fatal. Dramas aparte, funciona mirar hacia atrás, no para regodearse, sino para encontrar narrativas propias de que podíamos, y pudimos. No nos engañemos, muchas otras veces pudimos, casi con todo.

Quizás ahora pensamos que todo es culpa nuestra o, peor aún, que todo es culpa de los demás: porque no nos quieren lo suficiente, porque no nos entienden lo suficiente o por lo contrario, porque nos conocen casi mejor que nosotros mismos y nos calan, y señalan justo aquello que no queremos ver, mirar, encarar. Nos señalan tareas que nos parecen heroicas, en momentos en los que nos sentimos de todo menos héroes, o heroínas. Así que quizás rechazamos a esas personas, agresivamente incluso. Las rechazamos porque rechazamos eso de nosotros que nos señalan, y que no soportamos. No nos soportamos, y no soportamos que alguien quiera abrir la puerta que queremos mantener cerrada a cal y canto, aunque tenerla cerrada sea, paradójicamente, una de las causas posibles del mal que no cesa de subir, arriba y arriba. Cuesta arriba.

Evidentemente, no todo es culpa nuestra. Esa lectura es propia de la new age, digo del neoliberalismo, tanto monta monta tanto. "Te sucede lo que atraes" (sea la barbaridad que sea). Iros a limpiar el aura y dejadnos en paz con vuestro psicomárketing de sonríe o muere.

Evidentemente no todo es culpa nuestra, y mucho menos de los demás. Al césar lo que es del césar, y mejor vayamos por partes:

- Vamos con las narrativas propias de épocas pasadas, cuando sentíamos que teníamos cierto control sobre la relación entre esfuerzo y recompensa, cierto equilibrio al conseguir distinguir lo propio de lo ajeno, y sobre todo, las responsabilidades de cada cual en cualquier asunto. Quizás ni siquiera éramos conscientes de esa capacidad, como si fuese algo natural. Pero ahí estaba. Estudiábamos, obteníamos calificaciones, expectativas, resultados, se convertían en profesiones, negocios, o alejamiento consciente de todo ello, pero con el halo romántico de quien está fuera del sistema por decisión propia. Desarrollábamos nuestros talentos, se nos reconocía, el ambiente era más de celebración, admiración y curiosidad que de envidia y desconfianza. Eran otros tiempos, y los tiempos cambian.

- En esas narrativas de nosotros mismos, había unos valores, había prioridades y proyecciones, había un ambiente determinado. Social, económico, político. Probablemente no lo veíamos, no pensábamos mucho en ello, pero estaba ahí. Estaba la economía familiar, estaban los amigos de nuestra edad, estaban sus valores, que se parecían a los nuestros, lo cual proporcionaba infinitas experiencias y temas de conversación, daba complicidad, y en conjunto, los amigos de nuestra edad con valores parecidos a los nuestros daban calor. (¿Qué están haciendo ahora? ¿Por qué los vemos tan poco? ¿Por qué no los vemos nunca?) Estaba también la música, y los productos culturales en general.

- En esas narrativas de nosotros mismos, había también una autoimagen, que nos creábamos con la propia narrativa: soy buena en esto, se me da fatal aquello, me gusta salir, me gusta bailar, me llevo bien con todo el mundo, me caen mal los pijos, yo que sé, cada una tenía lo suyo. Había identidades, lecturas, ambientes, actividades, formas de estar con la gente, fuera en conciertos, clases, trabajo, asociaciones...Todo eso nos hacía ser como éramos, aunque no lo pensásemos conscientemente.

- En esas narrativas no hacía falta pensar conscientemente en lo que nos conformaba como personas, fundamentalmente porque entonces no se nos hacía todo cuesta arriba. Ahora tampoco lo pensamos conscientemente porque pensar también se nos hace cuesta arriba. Antes no lo necesitábamos, ahora es que no podemos.

- Ahora también hay valores, productos culturales, factores socioeconómicos, narrativas de nosotros mismos. Quizá la mayoritaria sea que todo se nos hace cuesta arriba. Excepto si abrazas el neoliberalismo como estilo psicológico. No, tampoco. Si abrazas el neoliberalismo, lo que harás será intentar, a toda costa, que nadie sepa que todo se te hace cuesta arriba. La vulnerabilidad, las dificultades, la precariedad, la sensación de soledad y extrañamiento, la necesidad de ser aceptado, comprendido más allá de aquellos momentos en los que puedes mostrarte sonriente y disimular, todo eso está mal visto. Puesto que apenas lo muestran los demás, tú tampoco. Y si alguien lo hace, algo sacará de beneficio, lo hace porque algo oscuro y sospechoso le lleva a hacerlo. Puesto que el neoliberalismo nos enseñó que el altruismo no existe, que la alteridad solo es patrón o cliente, competencia, o pereza, entonces lo más sospechoso es una alteridad que quiere acercarse, porque algo querrá, porque algo sacará, porque alguna intención perversa albergará. Vivimos la era del miedo al otro, y por tanto, la del miedo a aquello de nosotros que puede ser como los otros.

- Búscate una pequeña comunidad de intereses, algo vagamente identitario y lo menos politizado posible. Búscala, encuéntrala, identifícate y quédate ahí. No salgas a ver mundo, porque el mundo está lleno de peligros. Búscate una pareja posesiva y excluyente, búscate un club de lectura, de cocina, un grupo de meditación, alguna cosita que te distraiga, que te de una ilusión de comunidad, y ya, confórmate, compártelo por las redes sociales. Sal de casa para ir al trabajo en el día a día, y sal a pasar tiempo con tu comunidad en los ratos de ocio. No necesitas más. No necesitas más. Aquellos que de verdad se benefician con tu cuesta arriba así te lo aconsejan.

- Todo te parece cuesta arriba y, además, te falta la memoria de cómo eras cuando no eras así. Depresión? Pastillas? Psiquiatras? Ellos no te van a devolver la memoria, porque no trabajan para la memoria, trabajan para las fábricas químicas del olvido. Esto es lo que hay. Tu enfermedad no tiene cura, no se cura con palabras ni con vínculos, ni mucho menos con memoria. "Tu enfermedad es cerebral y se cura con pastillas", que te hacen perder todavía más la memoria...

- Así se construye socialmente una depresión generalizada, entre otros mecanismos socieconómicos, y políticos, y militares. Ahora vamos a ver cómo se deconstruye. Haz memoria. Memoria individual y memoria colectiva. No estás sola, busca a las otras. No estás solo, busca a los otros. No estás solx, busca a lxs otrxs.

- Haciendo memoria, resulta que esa persona que ahora te irrita tanto, y a la que tú también has irritado más de una vez, y a la que has decidido dejar de ver porque se te hace cuesta arriba, antes era tu amiga. Resulta que ese amigo que ahora toma pastillas, antes no las tomaba, y se reía y leía un montón. Resulta también que antes no te cansaba tanto la gente, que llegaba el fin de semana y apetecía salir, a ver a gente conocida, a conocer a gente nueva. Cada vez hay menos gente alrededor, porque cada vez más gente se nos hace cuesta arriba. "Aléjate de las personas tóxicas", dice la propaganda psicopolítica que vela por tu bienestar de falsa sonrisa infinita. De acuerdo, te alejas de las personas tóxicas, hasta que descubres que empiezan a alejarse de ti porque también te has convertido, para otra gente que sonríe más que tú, en una persona tóxica. Sonríe o muere.

- Haciendo memoria, resulta que antes no estaba mal visto implicarte en los problemas de los demás. Lo que estaba mal visto era lo contrario, se llamaba dejar tirados a los colegas. Poco a poco empezaste a escuchar voces que decían: cada palo que aguante de su vela, que yo ya tengo bastante con lo mío. De estar mal visto dejar a la gente tirada, empezó a estar mal visto seguir relacionándote con la gente llamada tóxica. Pero, ¿qué se considera realmente una persona tóxica? ¿Cómo se construyó esa demonización tan gratuita de cualquiera que no sonría lo suficiente? Quizás la clave está en que antes los problemas mentales no estaban tan generalizados como ahora. No estaba tan generalizada la depresión, y por lo tanto no había a tu alrededor tanta gente triste, irritada e irritante como antes. La depresión es larga y pesada. Si en una pandilla de amigos una persona tiene una depresión y las demás no, puede ser mucho más llevadero que si son tres, o cuatro, o casi todos, los que están en ese estado de crisis existencial y confusión de valores.

- Haciendo memoria, nunca hubo tanta gente deprimida como ahora. De esta manera, generalizada, sorda, escondida...escondida porque es algo que hay que esconder, puesto que hablamos del territorio tabú de la vulnerabilidad. Escondida porque la tristeza también se esconde y se disfraza, emocionalmente hablando. Esta semana me dio la clave una buena amiga, y no me cansaré de agradecérselo, la clave de cómo la tristeza se disfraza de rabia, de enfado, de irritación permanente, con una, con el mundo, con los demás. Vamos, que la tristeza escondida te convierte en una persona tóxica, vista desde fuera. Desde esa mirada de fuera que juzga el apoyo como sospecha (y el apoyo continuado en el tiempo que puede necesitar una depresión, pues nos lo podemos imaginar: una sospecha continua). Y cuando juzgas el apoyo como sospecha, ni siquiera sabes hasta qué punto eso es un suicidio simbólico, individual y colectivo.

- Nada más lejos de mi intención que la de afirmar que miles de personas necesitan pastillas, previo diagnóstico clínico de depresión. No, evidentemente esa no es la idea. La idea es entender, para poder ir más allá. La madeja está bien enredada, pero la paciencia es un valor, hoy algo denostado, con el que se puede llegar bien lejos. La solidaridad es otro valor denostado, denostadísimo, sobre el que más vale volver si de verdad queremos girar el timón. Porque es necesario, y porque es urgente. Hasta aquí un intento parcial, apresurado (porque es urgente), y muy mejorable, de coger este asunto por los cuernos. De aquí en adelante, y como reza el título de las próximas charlas en las que participará Radio Prometea: "Mal de muchos, tarea de todos". Supongo que seguiré dándole vueltas, que la psicosis y el amor romántico ya los tengo muy vistos.

-  


jueves, 17 de agosto de 2017

Transparencia y opacidad

Se le ve venir

No hay quien le toque la fibra porque no se deja

Los relatos incluyen contextos, los contextos están llenos de personas

Cada cual es cada cual y su circunstancia (así en singular)

Se desahoga para no ahogarse

Se ahoga porque no se desahoga

Redes afectivas

Reclusión y ensimismamiento

Apoyo mutuo

Vergüenza y orgullo

Confianza fácil

Paranoia

Disposición a la resolución de conflictos

No dar la cara

Generosidad

Avaricia emocional

A otra cosa mariposa

Rencor

Comedia

Drama

Cultura libre

....

Redes afectivas

Soledad

Cuidados

Muros

Interdependencia

Individualismo

Activismo

"Apolítica"

Feminismo

"Ni machismo ni feminismo"

Autocrítica

Heterocrítica

Transfeminismo

Heteropatriascazo












domingo, 13 de agosto de 2017

Por ejemplo un pájaro

Arco de minorías, dame calor y puntería

Una sana melancolía maldice los relatos de almas

Sé colgar medallas como las chicas sonrientes de los podios deportivos,
Sé cuidar hasta la náusea las pesadillas ajenas
 hasta que son las mías las que chillan y entonces

Por ejemplo un pájaro.

O derivar.

Ni puentes sobre aguas turbulentas ni vuelos a ningún sitio
porque el vuelo está dentro y no lo dejo salir

                           
                         ¡¡¡¡¡¡AHHHHHHH!!!!!


la causa humanitaria de los falsos corazones ardientes

(mujer bonita es la que lucha, en ella hay océanos)

pececitos

 estar cerca, estar lejos

pero si yo estaba de vacaciones

pincelada número uno

me sobra corazón hasta para meter la pata, una maldición como otra cualquiera

pincelada número dos

hay pasiones propias que curan como besos entre lágrimas

pincelada número tres

adelante




















martes, 8 de agosto de 2017

Mentes roussonianas, cuerpos sabios

Creo que fue Rousseau, entre otros, quien creía en la bondad intrínseca del ser humano, allá por el siglo XVIII. En esa época pervivía la manía de separar, platónicamente, la mente del cuerpo. Las manías humanas son históricas e insidiosas, y poco han cambiado en ese aspecto nuestras cosmovisiones sobre esos asuntos, es decir, sobre nosotros mismos. Digo nosotros en masculino porque parece ser algo que afecta más a los hombres, y me incluyo en lo que me ha tocado de "masculino"... que tampoco es poco (tener "demasiada iniciativa" suele considerarse masculino, y lo mismo la tengo para empezar relaciones, que la tengo para hacer blogs, programas de radio...bla bla bla, tampoco es el tema)

Actualmente, la separación mente-cuerpo opera, por ejemplo, en la medicina, todo se estudia a trozos. No sólo se separa la mente del cuerpo, sino que se separa el cuerpo de sí mismo, se divide, se fragmenta, y se estudia por partes, como si no hubiera relación alguna entre ellas. Pero vamos con Rousseau, que me lío. Heredé culturalmente de este señor, que lo mismo era simpático, una cierta idea de bondad intrínseca del ser humano, al menos entre las personas cercanas de andar por casa (los psicópatas de las altas esferas ni son roussonianos, ni andan por mi casa). Entre esas personas, también llamadas amigas, conocidas que podrían llegar a ser amigas, gente bonita, admirable, cariñosa, solidaria, empática...hay una presuposición de bondad. Así que, al menos entre ellas, ando confiada. Con los chicos es otra cuestión, está el tema del machismo y la pedagogía feminista, que da un poco de trabajo, pero básicamente la presuposición puede mantenerse con carácter general, siempre dentro de ese círculo cercano (que puede ir desde mi casa a los lugares habituales del área de la ciudad en la que me muevo).

Pero, ¿qué pasa en las relaciones complicadillas? Hace poco me refería a una relación adictiva de la que me estaba curando. Como todo proceso de abandonar adicciones, del tipo que sean, algún riego de recaída siempre hay. Esta semana he tenido una, cierto que solo fue telefónica, pero fue. Y menuda la que lié, conmigo misma. Mi mente roussoniana cantaba cual sirena su melodía habitual, hasta que mis palabras llegaban a ser eco de mi pensamiento ("Solo quiero que aprendas a mar", dice La Lupe, que es una lianta. Menos mal que está su música para reírnos del drama). Total, que mandé un montón de mensajes, resumiendo, y confesando que soy una plasta cuando me pongo. Hasta aquí mi mente roussoniana, ejerciendo de tal.

¿Qué hacía mi cuerpo mientras tanto? Un dedo tecleaba como si en ello se dirimiese el futuro de la humanidad, el dedo roussoniano que seguía las instrucciones de pensamiento y lenguaje que mandaba el cerebro roussoniano, pero resulta que el resto del cuerpo se puso inquieto, ansioso, revoltoso, se negó a comer y se negó a dormir, al menos durante unas cuantas horas. Mi cuerpo ponía el dedo en la llaga. A mi cuerpo se la trae al pairo lo roussoniano, mi cuerpo lo que quiere es gustito y respirar bien, y para eso necesita dormir, comer, moverse o estarse quieto, pero con alegría. Y ese día no estaba alegre, no hacía más que protestar. Es incomodísimo un cuerpo protestando contra las acciones de la mente roussoniana, es agotador vivir en cuerpo propio esa batalla. Al final el cuerpo tomó el control de la conversación, y me vi tecleando sobre lo incómodo que estaba mi cuerpo, en clave, claro, porque mi mente seguía empeñada en que aquello era algo mental, psicológico, sentimental o cualquier otro mentalismo del estilo.

A mi interlocutor se la traía al pairo tanto mi mente roussoniana como mi cuerpo protestón, de manera que no hay mayor paradigma de un diálogo de besugos que un monólogo de besugos. Nunca entenderé del todo en qué clave me lee este chaval, pero mi cuerpo me dice que ni se me ocurra intentar averigüarlo, que su rollo no es de mi mundo. Mi mente roussoniana a veces tiene buen perder, y en última instancia se sale un poco con la suya, y se consuela reflexionando lo siguiente: "que la mayor parte de las personas de mi mundo sean buenas no quiere decir que se pueda amar a todas". Mi cuerpo sabio, que cuando la mente tiene razón no tiene problema alguna en dársela, toma el mando y me lleva de nuevo por los caminos sanos del descanso, la luz del día y los placeres alegres.

"Larga vida a Epicuro", me susurran al oído cuando se ponen de acuerdo.


sábado, 29 de julio de 2017

Hormonas vestidas de seda

El tema de las hormonas me resulta fascinante. Yo veo las hormonas como unas drogas de andar por casa, de fabricación casera. Parece que viene de serie la capacidad de fabricarlas, así como la información genética. Lo que ya no parece venir tanto de serie son las relaciones que se producen a posteriori, por ejemplo entre las vivencias psicosociales y la segregación de una u otra hormona. Por ejemplo, si estás embarazada, segregas unas hormonas específicas, o también si estás en peligro, o si hay fiesta sexual a la vista. Pero para que tales hormonas se segreguen hace falta el embarazo, el peligro, o los ingredientes para la fiesta.

O entre la información genética de serie y aquella que se enciende o apaga según vaya la feria, lo que viene siendo la epigenética ("Se puede decir que la epigenética es el conjunto de reacciones químicas y demás procesos que modifican la actividad del ADN pero sin alterar su secuencia. Considerar las marcas epigenéticas como factores no genéticos nos alejaría de la verdadera visión de la disciplina científica. Las marcas epigenéticas no son genes, pero la genética moderna nos enseña que no sólo los genes influyen en la genética de los organismos". Wikipedia dixit)

Volviendo al tema de las hormonas, la epiendocrinología (palabro que me acabo de inventar) sería el estudio del conjunto de reacciones químicas Y DEMÁS PROCESOS que regulan la actividad de las hormonas sin alterar su composición, digamos. Es decir, que aunque la hormona se vista de seda, hormona se queda, sí, pero...¿qué pasa cuando las vestimos de seda?

El otro día me encontré con un chico que, en principio, me atrae. Como estaba pasando por un proceso psicoafectivo de duelo, o más bien desintoxicación de una relación compleja, no me dio la gana de segregar las hormonas pertinentes de fiesta sexual a la vista, que sería lo suyo en esa circunstancia. Decir no me dio la gana suena voluntarista, y como de superpoderes sobre el organismo, a la manera de los fakires y el dolor. Nada más lejos de la realidad, porque conscientemente yo no decidí nada, simplemente reflexioné, a posteriori, que mi cuerpo "había decidido" no segregarlas, a la vista de la prioridad psicológica de no meterme de momento en nuevos líos sexoafectivos. Es decir, que había un impertativo psicológico de autocuidado que pasaba por no activar ninguna relación nueva, y ese imperativo (autogenerado tras reflexiones emocionales sobre lo que más me conviene para tener una salud mental chachi en lugar de una cutre) estaba gobernando, o al menos influyendo de forma significativa, de alguna forma en el proceso de segregar o no segregar determinadas sustancias ante esa circunstancia.

La anécdota anterior sugiere una vestimenta de hierro más que una de seda, pero ahora voy con la suavidad de la seda. Últimamente he tenido experiencias premenstruales largas y molestas, a lo largo de varios años. Emocionalmente, esas experiencias en forma de segregación hormonal tienden a activar lo más molesto de nuestra vida cotidiana reciente: conflictos, penas, miedos...son como un recordatorio (en estos tiempos de prisas y evasión del conflicto afectivo o del dolor) de que hay asuntos pendientes. O dicho de otra manera, el cuerpo nos envía mensajes en forma de segregación hormonal. Ahora bien, ¿es esa la única dirección posible? ¿Tiene el cuerpo siempre el privilegio de la inicativa en la comunicación? Es decir, ¿puede ser al revés? ¿que una decisión producto de la reflexión intelectual sea la primera en enviar el mensaje al sistema endocrino, condicionando la segregación hormonal?

Siguiendo con el asunto de mis molestas experiencias premenstruales recientes, este mes ha sucedido algo distinto. Como mencioné antes, estoy en pleno proceso de desintoxicación, mediante la razón y la voluntad, de un cierto modelo de relación sexoafectiva en el que, de una forma u otra, me veía envuelta de manera recurrente. Y ese era, sin duda, el verdadero asunto pendiente que mi sistema hormonal se empeñaba en recordarme uno y otro mes. Total, que yo lo entendía todo al revés y, ante el sin duda bienintencionado recordatorio yo respondía yendo al asunto, sí, pero para alimentar el fuego, en lugar de sofocar el incendio. En un momento de la piromanía metafórica del mes pasado, me di cuenta en tiempo real y paré, con la inestimable ayuda de mi querida amiga R. al teléfono. Juntas reflexionamos, en esa conversación, sobre cómo la consciencia en tiempo real de la piromanía era una herramienta para sustituir el mechero por el extintor. (Bastante parecido a la herramienta de autocontrol del delirio). La consciencia construida en colectivo, con apoyo real y personal, con cariño del bueno.

A partir del momento en que cambié mechero por extintor, y viendo que, efectivamente, el extintor servía para apagar el fuego, lo que sucedió, siguiendo con la metáfora, fue que después de las cenizas llegó la lluvia, y con ella la rehidratación de mi día a día. Entre quedadas con las amigas, soledad elegida y disfrutada y otras actividades propias de las vacaciones, mi tono emocional pasó de estar quemado a resplandecer de salud. Si ese proceso fuese un mensaje que yo enviaba a mi sistema endocrino, el contenido del mensaje sería: "Ok, teníais razón, ya me he ocupado del asunto de la manera correcta. ¿Podríais ahora, queridas hormonas del buen rollo, reproduciros como esporas y acompañarme para facilitarme la estabilidad y celebrar que hemos hecho un buen trabajo?

Y las hormonas se portaron. La hormona vestida de seda hormona se queda, pero vaya diferencia de tacto. Este mes no he recibido demandas de asuntos pendientes, apenas medio día de dolor físico normal y corriente. Alimento esta maravillosa noticia con lecturas sobre el fascinante tema de la agamia y sus ventajas. Si el amor, concebido como incendio y dependencia, es una construcción social, entonces se puede construir algo diferente. Deseadnos suerte, a mis hormonas y a mí, cuando volvamos a tener algún asunto entre manos. Por lo pronto, hemos conseguido construir, entre nosotras, una comunicación fluida y de calidad, que no es poco.

R., te quiero un montón, gracias amiga!

martes, 25 de julio de 2017

Cierta luz menor aún puede brillar incandescente

Un día me despertaré pintando el respeto hacia mí misma, pero no cantaré victoria hasta que sean muchos días, y no uno. Otro día saldré de casa por motivos nuevos, que no sean trabajar o refugiarme. Me dará igual estar sola o acompañada, porque estaré bien. Algún día me sorprenderé teniendo que hacer memoria sobre la última vez que lloré por lo de siempre, porque se habrá deshecho el nudo en el estómago, y mi risa será alegre, celebrando la vida sin relaciones imposibles.

Un día como hoy abriré este blog y me encontraré más cerca de ese día, más cerca de las palabras que había empezado a escribir, y que no publiqué porque no era su momento. Un día como hoy, los ecos de mujeres sabias como elefantes y valientes como tigres me harán cosquillas en la oreja, tanto que desearía escuchar voces, físicamente, siempre que fueran las suyas. Mujeres como Frida Kalho o Virginia Woolf. Escuchar voces sería entonces un privilegio secreto, un toque de distinción, como lo fue en su momento aprender a no tenerle miedo a los pensamientos delirantes. Fue relativamente fácil conseguirlo en cuanto descubrí que el secreto era mi relación con ellos, y que esa relación podía construirse, lo mismo que se construye cualquier otra. A diferencia de las relaciones con personas de carne y hueso (donde no siempre es fácil construir algo si alguna de las partes no lo ve claro), en la relación con mis pensamientos, la voluntad de querer (valga la redundancia) tenía sus frutos. Desde entonces pocas veces me ha vencido la inseguridad, el miedo al qué dirán o qué pensarán de mí. Al fin y al cabo, ya habían pensado lo peor, que era visualizarme como loca. A las mujeres se nos ha llamado locas tantas veces que deberíamos considerarlo un piropo, que dice mucho más de la soberbia de quien lo dice que de los atributos de la acusada.

Un día como hoy es verano, la luz es preciosa y tengo por delante todo el tiempo del mundo. Cuando no se está a gusto, el tiempo libre es una condena, puesto que tiende a rellenarse una y otra vez con los aspectos más conflictivos de la vida en la que estemos inmersas. Los más conflictivos, los más tristes, los más cuesta arriba. O simplemente la cuesta abajo, también llamada vacío existencial, depresión, o aburrimiento. He sido muchas veces víctima de todo eso, de todos y cada uno de los aspectos. Mi historial de penurias está más que cubierto, y sobre el futuro no se puede saber nada, así que me limito a mencionar las pasadas. Las menciono de pasada, eso sí. Porque hoy no caben, y espero que mañana tampoco.

Un día así no sucede nada especial, no ha habido premios, grandes inspiraciones, novedades ni reencuentros. Bueno, quizás lo enorme es que, no habiendo nada de eso, me siento bien, a gusto. Tampoco ha habido conflictos emocionales ni ganas de darle importancia a ninguno reciente (allá cada cual con la parte que le toque) Pasando el día entre discos de conciertos recientes, redes sociales, la cama, el libro, los gatos, los huevos con patatas, mensajes con las amigas y un plan sencillo para la tarde: caminar, caminar mucho. Caminar entre personas desconocidas con vidas propias, teniendo en común con ellas, como mínimo, ese caminar, poesía humana y urbana del movimiento, metáfora de otros movimientos, variados, complejos, prometedores. Caminar con una amiga y sentirnos también acompañadas por las poetisas malditas (que haberlas haylas) y sus conjuros abrazando la soledad lúcida y poniendo en valor locuras que son antorchas contra el frío que tantas veces sentimos sin creernos merecedoras.

Un día como hoy me quiero, y poca vergüenza me da escribirlo para que conste en el acta de la asamblea diaria, esa en la que intentan llegar a un consenso los pensamientos con los actos. Los asuntos graves han de ser tratados con la mayor de las ligerezas.

Corneja negra en tiempo lluvioso

En una rama tiesa allá arriba
se encorva una corneja negra, mojada
arreglando y desarreglando sus plumas bajo la lluvia.
No espero un milagro
ni accidente
que encienda la visión
en mis ojos, ni busco ya
designio alguno en lo inconstante del clima,
pero dejo que las hojas moteadas caigan como caen,
sin ceremonia ni portento.

Aunque en ocasiones, lo admito,
deseo alguna réplica
del cielo mudo, la verdad, no me puedo quejar:
cierta luz menor aún puede
brillar incandescente

desde la mesa o la silla de la cocina
como si de vez en cuando un ardor celestial 
tomara posesión de los objetos más estúpidos ---
santificando así un intervalo
de otro modo inconsecuente

confiriéndole grandeza, dignidad,
amor, podría decirse. De todos modos, ahora ando
con precaución (porque esto podría ocurrir 
incluso en este paisaje  ruinoso y opaco); escéptica
pero cauta, ignorando si

un ángel eligió destellar
de pronto a mi lado. Solo sé que una corneja
arreglando sus plumas negras puede brillar tanto
como para embargar mis sentidos, izar
mis párpados, y conceder

una breve tregua al miedo
de la total neutralidad. Con suerte,
si atravieso empecinada esta estación
de fatiga, podré 
ensamblar un todo

con las partes. Los milagros ocurren,
si se tiene el cuidado de llamar milagros a esos
espasmódicos trucos de la luz. La espera ha vuelto a comenzar. 
La larga espera del ángel,

de ese inusitado, aleatorio descenso.

Sylvia Plath (en un día bueno)

viernes, 14 de julio de 2017

El jazz también son alegrías

Ayer en el concierto de Sumrrá me dio por disfrutarlo. Pensaba en cómo los viajes de gira de los músicos se les habían metido en el cuerpo y en los instrumentos, y de qué manera grande y generosa los compartían con nosotros. Johanesburgo tuvo que ser espectacular, y las ciudades bolivianas les emocionaron, les llenaron de vida y de respeto y curiosidad por la selva y sus sonidos. Un verdadero placer que vuelvo a agradecerles desde aquí. Aprovecho para hacerles publicidad, entusiasta: "5 Journeys" se llama el último disco. A mí me va a alegrar la tarde volver a escucharles, en muy buena compañía. Vino, marisco sencillito, y lo que venga. La temperatura es perfecta.

(Pa mí que ya me merecía un buen verano, después de tanta adaptación al nuevo trabajo y tanta telenovela) 



miércoles, 12 de julio de 2017

Alegrías

Las alegrías son mi palo flamenco preferido. Me gusta el nombre y me gusta el compás. Las escucho mientras escribo, pensando en otras alegrías, la de compartir una comida rica con buenos amigos, hecha con más cariño del que hubiera podido sospechar hace sólo unas semanas. Una lasaña de verduras, todo cortadito con primor, hecho en su tiempo justo, regando el cocinar con vino rico y buena ayuda. Va sonando el timbre y van llegando los demás, todos contentos. (Qué sonrisas, caramba). El hummus que iba a ser para el picnic exterior se quedó en el interior, y tan a gusto. Música, vino, café (infusión, y también licor), comida, partidas de ajedrez, conversaciones,  foliada folk al final del día, encuentros con más amigas.

Definitivamente, la amistad es lo mejor del mundo. Venía años diciéndolo, y pensándolo, pero lo de hoy ha sido tan espectacularmente sencillo, que va a convertirse en faro y talismán para cualquier día gris. Y la lasaña de verduras, un conjuro de andar por casa, de los buenos.

Receta:

Se sofríe la cebolla (una mediana), el tomate (unos cuantos, o también una lata grande de tomate triturado) y el calabacín (uno grande), todo bien picadito. Al mismo tiempo puede irse haciendo la bechamel (importantísima la nuez moscada y la pimienta), con mantequilla, harina, y leche, la que admita. Todo lo anterior bastante líquido, para que se hagan bien las placas de lasaña que van directamente al horno. Al sofrito ya solo le faltan las acelgas, que se hacen en nada.

Cuando el sofrito y la bechamel están listas, se van poniendo las capas en la bandeja del horno. Bechamel, placas, sofrito, bechamel, placas, sofrito...hasta arriba. Luego queso rallado y al horno (precalentado diez minutos, a 200º) Media horita más a la misma temperatura, y a disfrutar. Da para cinco, y sale barata.



sábado, 8 de julio de 2017

Duelos son amores

El duelo (dolerse) siempre tiene que ver con el amor. Nos duele que se vaya una persona amada, porque su ausencia nos priva de alguna de las formas en que se manifestaba nuestro amarse, fuera correspondido o no. Y digo alguna, porque evidentemente hay amores que no mueren nunca, incluso aunque la persona se haya ido para siempre, como es el caso de los duelos por fallecimiento. Aunque la persona se vaya, queda amor para rato en su recuerdo.

Los duelos románticos, o afectivo-sexuales, deberían de ser mucho más llevaderos, e incluso pedagógicos, puesto que en cada uno de ellos se plantea si nuestra forma de entender este tipo de relaciones está siendo la más inteligente, es decir, aquella que proporciona lo mejor de cada cual a ambas partes. No se trata de una cuestión mercantilista, no se trata de quién "daba" más o menos, sino de si nos hacíamos daño en los desencuentros, si ese daño tenía arreglo, qué proyecto tenía cada una de las partes, qué motivaciones para estar en la relación. O también, hasta qué punto se podía confiar, hasta qué punto íbamos a encontrar refugio en caso de necesitarlo.

Así que el duelo romántico es siempre un aprendizaje. Lo mejor es que la evaluación final tenga que ver con aquello que se avanza "no estando en la relación". No hace falta pensar mal de la otra persona, ni ponerle calificativos ni descalificativos, es suficiente con llegar a un lugar en el que su "no estar" proporciona más calma que nerviosismo, más ganas que desgana, más inspiración que pasiones prisioneras. Ni siquiera hace falta dejar de quererla, se la puede querer en la distancia, se le puede desear el mayor de los bienes y de las fortunas sin que ello suponga desear, y mucho menos necesitar su presencia. Incluso deseando su "no presencia" puede aplicarse lo anterior.

Nada más lejos de la frialdad. Llegar a esta conclusión es el resultado de haber ensayado todas las posibilidades, haber pensado, recreado y vivido todo lo que daba de sí el amor teniendo en cuenta la disposición de los participantes. Cuando la única salida posible sería una voluntad de cambio que de ninguna manera se produjo, ni tenía atisbos de producirse. En lugar de eso, una y otra vez se producía una repetición de actitudes frustrantes (probablemente por ambas partes, lo que se dice un círculo vicioso) que robaban calma, fuerzas y posibilidades para realizar proyectos de vida que, de seguir en esa dirección, estarían abocados al más estrepitoso de los fracasos. No quiero decir con esto que vayamos a conceptualizar las relaciones en términos de éxito, puesto que de ninguna manera son competiciones, pero sí es cierto que la cuesta abajo emocional como horizonte no resulta nada atractiva.

Una vez esclarecido lo anterior, lo que viene ahora es una celebración de la vida. Para empezar, es una bendición disfrutar de la compañía de las amistades sin tener ciertos temas como centro, no los detalles en sí, sino las consecuencias anímicas de tanto subibaja. Es sorprendentemente agradable observar cómo el espacio mental y emocional que queda libre empieza a ocuparse con actividades que se viven y realizan sin patrones de euforia-tristeza, pero no por ello sin alegría. Muchas veces me he conformado con la euforia como sustituto resignado de la alegría, sin pararme demasiado a pensar lo que estaba sucediendo realmente. Muchas otras veces he justificado esos patrones como paso necesario hacia ideales de estabilidad que no dejaban de ser eso, ideales, y por lo tanto irreales. El idealismo tiene su función cuando es una actividad social, cuando se lucha juntos, no cuando es un autoengaño individual para mantener una situación insostenible.

Durante años escribí sobre este tema alimentando ese autoengaño, de lo que resultó una telenovela cuya escena principal era yo agarrada a un clavo ardiendo mientras le decía (al clavo): "Suéltame, Luis Alfredo, lo nuestro es imposible". Ojo, que donde no había alegría podía haber humor, y muy bueno, tampoco vamos a renegar de él. Claro que yo quería alegría, no solo humor.

Si la persona de quien hablo lee esto, no podría estar más de acuerdo conmigo. Es más, podría aplicar todos mis novedosos descubrimientos a su propia situación, y llegar a conclusiones similares. Con la misma paz y la misma fuerza. Puesto que duelos son amores, deseo que los suyos (duelos y amores) le ofrezcan, al final del mismo proceso, tanta alegría como los míos. Siendo así, habría valido la pena.


lunes, 3 de julio de 2017

Un día sin adicciones

Me desperté con idea de pintar, todo el día, o buena parte. Pero pintar tiene sus riesgos. Tenía pendiente terminar el cuadro "Ramo de novia" ( una parodia expresionista del deseo romántico de "asentarse", una fantasía como otra cualquiera), pero la parte del tul requería una minuciosidad en tiempo y concentración para la que todavía no estoy preparada. Aún así, avancé una hora de tul (La parte blanca, luego le queda la parte beige, para que sea todavía más ñoño y decimonónico).

Me salvaron las ganas de comer, tras lo cual me fui al sofá, a intentar una novela de Almudena Grandes sobre la Guerra Civil. Tampoco.

No pinto, no leo... ¿ansiedad? ¿vacío existencial? NO!! ¿caminar? ¿ver a alguna amiga? SI!!

Salí a las cinco y llego a casa nueve horas después. No estuvo mal.

Para reconciliarme (y él ya sabe de qué hablo) con otro de mis amigos, pongo a La Polla para escribir esta entrada, me como un bocadillo a deshoras ( lo propio de las vacaciones), y afirmo que se va llevando, que una no es superwoman ni falta que hace.

Amigas feministas, poco a poco y con buena letra.
Buenas noches. 

domingo, 2 de julio de 2017

Fuera adicciones

Hablemos de las relaciones adictivas. A estas alturas de mi vida, las únicas palabras que el tema merece son aquellas que ayuden a dejarlas atrás. No voy a recrearme en sus peculiaridades, en sus compensaciones ni en sus explicaciones o justificaciones.

¿Cómo se deja una relación adictiva?

Siendo consciente de que lo es y de que hace daño, de todo lo que roba, porque al final lo más importante es el robo de energía, de ilusiones, de expectativas, de posibilidades, de autoestima. Hablo en términos de propiedad porque la adicción (sea del tipo que sea) parece un fenómeno exclusivamente de consumo, capitalista. Tiene que ver con el fetiche y la acumulación, fantasías profundamente ligadas al capitalismo. Tiene que ver con el desorden y la carencia, con la búsqueda ilusoria de emociones reales y bonitas en los lugares más equivocados. Por supuesto tiene que ver con la ausencia de cuidado y de autocuidado, que se convierten también en fantasías desordenadas.

Ya me lié. Volvamos al factor humano. Nadie es culpable de una relación adictiva, parece que nadie gana absolutamente nada, y que lo que parece ganarse se esfuma en el siguiente infierno, porque el ciclo es repetitivo hasta el aburrimiento. Al final no morimos de desamor en estos saraos, sino de aburrimiento. Ojo, todas las partes, que las relaciones son cosa de dos (como mínimo). Y es el aburrimiento lo que produce la sensación de pérdida de tiempo, de callejón sin salida, de ausencia de alegría.

Entonces, una salida posible es buscar diversión en cualquier otro lugar, diversión de la buena, de la que nos hace sentirnos vivas e irrepetibles, con capacidad continuada de reinvención y de asombro. Es decir, cualquier diversión que no tenga ni por asomo un componente adictivo, que no se asocie ni de lejos con semejante aburrimiento. Entramos en lo que se dice ponerse el chip de que, sólo por pensar y escribir en estos términos, ya estamos escapando de una muerte emocional segura. Hoy por ejemplo tomé el sol con una amiga, dimos un paseo, y luego nos mandamos mensajes planeando pintar juntas mi habitación. Pintarla como aula de pintura. Nos vamos a dormir con cara de bobas felices. ¿Qué tontería, verdad? A veces, no hay como hacerse la tonta para tener sencillas ideas brillantes y llenas de color.

Con el cansancio no iba a escribir nada más por hoy, pero como es cansancio satisfecho de un largo largo paseo (otra idea genial, otra tontería), aún quedan energías para pensar, por ejemplo, que estoy de vacaciones y tengo una lista gigante de actividades que no podía hacer cuando no estaba de vacaciones, y en las que no me podía concentrar por culpa del aburrimiento.

Si estás viviendo una relación adictiva, frivoliza y diviértete. Si te diviertes de verdad, seguro que no echas de menos el aburrimiento. Ahora bien, a veces hace falta un poquito de voluntad para la diversión. Exactamente igual que para el trabajo, para el cuidado, para el estudio, para la pintura, para regar las plantas o para limpiar el baño.

Me estoy poniendo tonta, pero es que la diversión es así, te pinta cara de mema. También me estoy pintando los ojos para salir de noche. Cruzo los dedos para despertarme cada mañana con ese poquito de voluntad que hace falta para no caer en el aburrimiento.

Querido amigo

Estoy enfadada contigo en aquello de ti que me hace daño. Es por eso que no puedo confiar en ti, ni seguir cerca durante un tiempo que imagino largo. Pero eso no es una enmienda a la totalidad, es solo la expresión necesaria y sana de mi dolor. La distancia que necesito para quererte bien, de otra forma, en otro momento y lugar. Y sobre todo, la distancia que necesito para quererme a mí misma de una forma segura, tranquila, sin dependencias ni falsas expectativas. De eso ya he tenido suficiente, y el precio está siendo alto.

Estuve leyendo algunas páginas sobre los tipos de apego, y aunque creo que en ellas hay algunas claves para entendernos a ambos, también es cierto que no dejan de parecerme enfoques individuales de problemas más amplios, de raíces históricas, y sociopolíticas. Somos hijos de una generación que aún vivió una dictatura, y que vivió el tránsito a esta pseudodemocracia, ahora neoliberal, sin que hubiese correspondencia emocional para esa transformación que, como acabo de decir, nunca fue completa. Una generación que nunca encontró reparación para sus heridas, porque no encontró espacio para expresarlas y ponerles nombre. Supongo que hace falta ser activista para establecer este tipo de conexiones, y tú no lo eres. No pasa nada, en mi vida hay muchas personas que no lo son, y nunca he dejado de quererlas por ese motivo.

Imagínate el estilo de apego, a la hora de criar hijos, de una generación así. A veces pienso que nunca terminaremos de entender el verdadero calado de los silencios, la represión de la vulnerabilidad, el autoritarismo como costumbre (y tapadera de demandas que no pueden satisfacerse, sea porque no hay herramientas, sea porque hay problemas percibidos como mucho más importantes, sea simplemente por miedo). Que no lo entendamos no quiere decir que no pese sobre la formación de nuestra personalidad, y, para el caso que nos ocupa, de nuestra forma de querer y relacionarnos con los demás. Es difícil calcular el peso de la desconfianza sistemática, del desprecio a lo que se considera "blando" o, en tus propias palabras, "dramas". Es difícil, también, calcular el daño de ese peso.

Puede que nunca hubieras conocido a alguien como yo, empeñada en trabajar sobre el dolor psíquico, en rodearlo, hacerlo visible y acogerlo para neutralizarlo, para quitarle poder, para poder reírme de él, y por lo tanto de mí misma, en el intento. Entiendo que no podía ser fácil que alguien como tú y alguien como yo llegásemos a construir juntos un apego seguro. Pero aún así, mira la cantidad de esfuerzos que hicimos, que estoy convencida de que no van a caer en saco roto. (No para seguir igual, ni siquiera para seguir juntos, pero por lo menos para hacer mejores versiones de nosotros mismos) Otra cosa es qué hacer con el precio a pagar, cuando es tan alto.

En lo que a mí respecta, voy a llorar todo lo que necesite, porque es la mejor manera de liberar físicamente la carga enorme que me anuda el estómago y el pecho. Empiezo a notar que, efectivamente, son lágrimas de soltar angustia, no de recrearla ni alimentarla. Ya no tienen que ver con la frustración, ni con la búsqueda desesperada de estrategias para mantenerme más tiempo en el mismo sitio. Tampoco son lágrimas románticas de telenovela. No voy a presentarme en tu casa ni hacerte sentir culpable por nada, ya no lo necesito, y perdona si alguna vez, en mi ignorancia, hice esa lectura y actué de esa forma.

Qué fatiga no haberme dado cuenta antes, qué fatiga...

No sé en dónde voy a refugiarme ahora, me gustaría mentirme a mí misma y decirme que no necesito refugio, pero como persona, y por lo tanto intrínsecamente vulnerable, sé que eso no es cierto. Refugio necesitamos siempre, y el mío, el más grande, se fue con mi abuela ("la rosa llora su pena"). Nadie va a quererme tanto como me quería ella ("la rosa sigue llorando"). ¿Ves como el drama no es capricho? Así que voy a empezar por admitir que tengo una pena muy grande, por momentos insondable, en otros momentos atenuada por las alegrías fugaces del placer o el entendimiento cómplice. Desplazada momentáneamente por el trabajo, y ahora por el estudio, que también dan alegrías.

Así que continúo con las alegrías, para mirar hacia adelante caundo se puede, y es el momento de darte de nuevo las gracias por la alegría de la música, que creció exponencialmente con tu apoyo y tus buenos consejos. Y aunque sé que la música no va a resolver nuestra distancia, es mejor contar con ella que no contar, eso siempre, qué te voy a decir que no sepas de este tema, que es uno de tus refugios.

Otra alegría es pintar, un lenguaje importante que permite decir las cosas de forma no categórica, sublimada en fogonazos emocionales que ni yo misma entiendo del todo por más que mire mis cuadros. Dentro de un tiempo indefinido haré una exposición para decir de nuevo, públicamente, que es posible hablar del dolor sin hacer daño, solo acariciando la vista con sugerencias a las que sinceramente espero poder añadir cierta belleza.

El Barroco, ese movimiento artístico que tanto nos gusta, habla fundamentalmente de la vida en toda su complejidad. Desde Haydn hasta Quevedo, la vida se retuerce para gritarla, parodiarla, denunciar su amargura y, en último caso, afirmarla siempre bajo cualquier circunstancia. Querido amigo barroco, cuídate mucho, y ten confianza en que yo también lo haré. Que tenga que ser lejos no significa ya nada malo, solo una necesidad diferente, que sé que comprendes, porque eres inteligentísimo.


domingo, 4 de junio de 2017

Lisca do meu calor e non me tolees.

Os camiños da paixón amorosa a veces son tortuosos. Xeneran sensacións contradictorias moi intensas, e tan intensas e definitivas parecen unhas como as outras. Tan eterno parece o vencello como a distancia. Rainer María Rilke doíase desta forza, de que a semente da planitude fose a mesma que provocaba a dor máis profunda:
                   
                          ¿Cómo termar da miña alma para que non roce a túa?

Nen o sabía Rilke, nen o sabe ninguén. Só nos queda atesourar receitas lindas para levar a tristeza do que non pode ser. Eses tesouros en forma de coidados, maletiñas de emerxencias, pequenas pero sólidas, máis sólidas en tanto que dependen de nós mesmas. Máis sólidas que aquelo que podemos esperar de ninguén que non sexamos nós. Por máis amor que houbera. Por máis que teñamos loitado por ese amor á nosa precaria maneira, que é a nosa, a mesma que xenerou ese sentimento que agora se nos nega.

A contradición habita, como nengún outro sentimento, as chamadas relacións de dobre vencello. Aquelas nas que unha acción ou a súa contraria xeneran exactamente a mesma frustración, e onde non é posible nen sequera falar do que está acontecendo, porque se nega a interlocución. O abano de posibilidades do que se pode facer xuntos redúcese progresivamente a unha única actividade: o sexo. A máis cargada emocionalmente falando, a que xenera e perpetúa a ilusión dunha unión máis sólida, máis duradeira, aquela que parece prometernos a disolución de todas as diferenzas a problemas pasados e futuros. Négase a maior, ao tempo que se acrecenta a fantasía de que non volverá a acontecer aquelo que nos separou. Así, nesta cultura dual e platónica de obsesivas divisións conceptuais, o sexo encárnase como algo separado de todo o demáis, volvéndose por veces metáfora definitiva de todo o que acontece (ou non acontece) fora del. De todo o que gostariamos que acontecera. Unha dualidade nostálxica da ausencia de dualidade. A loucura acompaña esta nostalxia, porque amor e loucura comparten nostalxias, divisións, fantasía e realidade, todo no mesmo espazo-tempo.

Como eu chegara, nalgún tempo xa lonxano, a navegar con certa orientación nos procelosos mares da loucura, pensaba que xa tiña todos os mapas. Tamén pensaba que aquelas brúxulas que tiña atesourado (aquelas que construira artesanalmente, sen guión nen manual), íanme ser útiles nestes mares do norte. Máis encontrei unha friaxe que renegaba de si mesma, coma friaxe e coma punto xeográfico. Eu sempre fun bastante de Cesárea Évora, de temperaturas mornas, ritmos cadenciosos. e sorriso doado. Gardo as espiñas e o xeo para batallas importantes, aquelas nas que se xoga, ben o respeito, ben a saúde mental.

"Agora pra qué falar, se nada ten pra sustentar"

viernes, 2 de junio de 2017

Allá al fondo


Al final de tus desvelos me quedo
con esa incapacidad tuya de sujetarte el alma
justo después de haberme tocado para siempre.

Dulce vibración electrónica, sucedánea del tiempo y de toda posibilidad, no temas ya por mí si no encuentras motivos. Para quien no quiere nada guardo allá al fondo un recuerdo tenue y líquido, como los vínculos frágiles de Zigmunt Bauman. Como la botella de vino que me devolvió a la vida después de ti, teniendo que celebrar que es así como quieres verme. Pero ya no me ves, y poco importa si somos felices de cualquier otra forma.

miércoles, 12 de abril de 2017

Compañers de vida

No resulta fácil encontrar personas que sepan estar con tu parte dañada. Por más pequeña que esta sea, en proporción a todo lo demás que soy (o mejor, que estoy), cuando pide sitio, ocupa sitio. En general, las personas no se presentan a las demás con un libro de instrucciones bajo el brazo. Quizás haya una excepción con algunas personas con diagnósticos psiquiátricos. Creo ser una de ellas, y mi libro de instrucciones se compone de: salida del armario cuanto antes, (para evitar sorpresas), biografía detallada, consejos para diferentes tipos de crisis (implícito en lo anterior), abanico de causas posibles (puntos vulnerables que pueden desencadenarlas), proselitismo del activismo en salud mental, regalo de material publicado, acceso al blog, explicación exhaustiva del concepto de apoyo mutuo... y algún otro ingrediente que se me va de la memoria, porque ya tenemos una edad.

Aún así, a veces no funciona, porque tu parte dañada puede dañar, aunque no quieras. Porque una característica de la aparición del lado dañado, es que siempre interpela al lado dañado del que está enfrente, y ahí se forma el lío padre. No lo interpela por maldad, ni por chantaje emocional, ni por inclinaciones teatrales: lo interpela porque la oportunidad de manifestarse resulta increiblemente atractiva al subconsciente, que es esa región inventada por el señor Freud que suele llevar muy mala vida por exceso de ostracismo. Algunas personas envían hacia esa zona demasiados ingredientes, por no resultar cómodos en otros ámbitos sociales (emociones, dependencias, expectativas, traumas...). Al ser interpelado ese territorio, sobre todo cuando no hay demasiada práctica (por los motivos anteriormente expuestos), se instala una terrible confusión sobre quién hizo daño a quién, y por qué.

Como todo el mundo sabe, el universo de la sexoafectividad acumula dolores, dolorcitos y hostias como pianos. Mantener la calma en ese universo es una tarea heroica. En un mundo que confunde el heroismo con el fútbol, todo esto de lo que hablo es una marcianada. Pero existe, y pasa bastante, además.

Separar a la crisis del conjunto de la persona debería ser el primer esfuerzo comunicativo. Relativizar muchos de los gestos, palabras y exigencias, y resituarlos en su contexto, sería el segundo paso. No insistir en temas sensibles es otro buen consejo, y, resumiendo mucho, dejar que pase el chaparrón ofreciendo compañía sin juzgar es el objetivo último. Lo que se suele considerar desahogarse, aunque las formas resulten un tanto...experimentales (ay, los locos y las vanguardias, qué fijación).

Hay personas que, cuando están malitas, revueltas, dañadas, o como se le quiera llamar, prefieren estar solas o, también, no ponerse a tiro de cualquiera. Hay personas que se empeñan en estar aunque la otra persona no desee que estén, y acaban estando por insistencia. Tiene que ver con el orgullo, o con lo que se supone que se espera de ellas, o con razones ocultas que se me escapan, y en las que prefiero no pensar. Hay personas que no quieren estar, por pereza, por miedo, o por honestidad de reconocer que no saben, y entonces mejor no, por si en lugar de ayudar lo hiciesen peor. Esta última actitud, el no querer estar por reconocer que no se sabe, a veces duele, pero a la larga se agradece. Y luego están las que, aún pidiéndoles que no estén, aún sabiendo ambos que no saben, y que pueden hacerlo peor, ahí las tienes alimentando profecías autocumplidas.

Vamos ahora con el post.

Después de la crisis, llegan los recursos de compensación. Dependiendo de cómo haya ido, o más bien de con quién haya ido, son de un tipo o de otro. Con ls compañers de vida, continúa el acompañamiento. Te acompañan en la crisis y te acompañan en la bajada, para que sea suave. Te acompañan en la celebración de tu vuelta, y siguen queriéndote exactamente igual. Porque saben que no es maldad, ni chantaje emocional, ni teatro. Saben exactamente lo que es: sufrimiento. Afortunadamente también saben que es temporal, que tiene fin, porque en ningún momento pierden de vista ni el conjunto, ni el contexto, ni quién soy al margen de mi sufrimiento, (o quizás a pesar de él).

Con los que lo hacen peor, no hay nada. O quizás sí: sospecha, alejamiento... Todo disculpable por mí, en su contexto. Porque después, afortunadamente, ya puedo permitirme ese lujo. Lástima que no haya nada que celebrar, por ese lado. Me queda siempre esa pena, y junto a ella una esperanza que de vez en cuando demuestra no ser del todo fantasiosa.

A mis compañers de vida nunca me canso de quererles y agradecerles su existencia, de las torpes maneras que se me ocurren. Gracias a ells nunca he dejado de quererme en serio, aunque por momentos pueda parecer lo contrario. Toda la vida por delante para celebrar.

lunes, 10 de abril de 2017

El estrés de las minorías

Esta semana he aprendido que, en psicología, existe este concepto. Pues mira, yo me alegro de que alguna corriente psicológica decida no mirar para otro lado ante este hecho.

A mí, por ejemplo, me pasa. Me duele estar en el armario, en los contextos en los que lo estoy. Me duele tener que esconder partes de mí de las que no me avergüenzo en absoluto, pero de las que si se avergüenzan (o simplemente temen, o odian, o todo a la vez) otras personas con poder para hacerme la vida imposible, si quisiesen. Nunca sé donde están, nunca sé lo cerca que pueden estar de mí. Así que hay una parte de mí que está en el armario, en determinados contextos (laboral, por ejemplo).

Y eso me genera estrés, que se añade al estrés normal que siente cualquier persona solo por vivir en este mundo. Cualquier persona que no pertenezca a ninguna minoría. Cualquier persona blanca, heterosexual, masculina, económicamente bien situada, sin ningún diagnóstico ni discapacidad. Cualquier persona que, no perteneciendo a ninguna minoría, tiene dolores, cansancios, tristezas enquistadas, que sufre acoso, o precariedad, o miedos de cualquier tipo.

Así que, cuando estoy de vacaciones, en lugar de estar completamente contenta, en lugar de estar todo lo contenta que podría y debería estar, tengo que reservar un espacio para que el estrés de las minorías pueda manifestarse. Un espacio mío, íntimo, a salvo de desconocidos, robado a las vacaciones, en el que pueda sentir esta especie de rabia sorda, sin causa ni objeto concreto, que me hace temblar. Que no identifico en un primer momento porque viene sin avisar, pero que me quita el sueño, me confunde en relación a sus causas, me precipita hacia una parte de mí que pide sitio para existir en paz., aunque su forma de llegar no aparente paz, sino todo lo contrario. Pide sitio para existir sin pedir permiso ni pedir perdón. Hoy que por fin la he reconocido, solo tengo ganas de abrazarla, y decirle que es buena, que es lista, que es importante.

domingo, 12 de marzo de 2017

In the mood for love

Porque el amor no es lo que me habían contado, ni falta que hace.

El amor es la alegría de estar contigo, y la alegría de saber que, cuando no estás conmigo, también estás contento. Que cuando estás con otras personas, estás contento. Que cuando estás solo, también lo estás. Que yo estoy contenta. Que estoy triste también porque la vida nos pone tristes una y otra vez, pero no por falta de amor.

En el estado anímico para el amor, nos reinventamos todas las veces que hagan falta. En la salud y en la ausencia de ella, sin otro vínculo que la amistad, esa forma de amor infinita, infinitamente infravalorada por los mercaderes del romanticismo.

La amistad nos convierte en personas luminosas.

Mientras vivas, brilla.




sábado, 25 de febrero de 2017

El cuidado filosófico

Ando leyendo filosofía. Me tiene fascinada un libro de Nacho Bañeras: "La cura de si o el cuidado filosófico. Una ascética para nuestro vacío"(ed. Icaria). Aunque todavía estoy por lo mitad, me gusta su descripción de la subjetividad como espacio común (más que como ente o esencia), y la centralidad del narcisismo como huida rápida del vacío (propiciada por el Capitalismo omnipresente, que ha entrado ya en la fase del consumo de experiencias como estrategia para mantener a todo tren la rueda de hámster en que se han convertido nuestras vidas).

Vuelvo a copiar la cita que estos días de lectura compartí con varias de mis amigas: "Sabernos perdidos, vulnerables, engañados, derrotados, y hacerlo así, en plural, es la manera más sencilla para darnos cuenta de que, efectivamente, esta vida que vivimos no vale nada. Quizás entonces podamos aupar otro querer".

Ando revuelta, también, con los mercaderes del vacío, los vendedores de experiencias de omnipotencia (el poder de la mente, el pensamiento positivo, las terapias que inflan el ego...y otras historias para no dormir). Pero sobre todo, ando preocupada. Amigas perdidas, sufriendo, buscando soluciones rápidas, fanatizadas en un abrir y cerrar de ojos, y parapetadas ante la más mínima crítica a su panacea del momento.

Pero no me queda otra que sentir compasión y esperar. La compasión (entendida como empatía radical) siempre duele, y la espera desespera. Mientras tanto, reflexiono sobre el apoyo mutuo, como aquello que nos devuelve la conciencia sobre la responsabilidad con el otro. La conciencia también de que el otro (otra)  existe como fin en sí mismo, y cuyo sufrimiento es tan legítimo... como suyo (en el sentido de pelearse siempre con el paternalismo). Da igual que yo vea ciertos sufrimientos como inútiles o innecesarios. Da igual que yo me aferre a la filosofía como fuente de pensamiento, sentimiento y acción. Da igual que yo me repolitice una y otra vez, y vea tentáculos del Capitalismo en las discusiones más inocentes, en los espacios mentales más recónditos. Mis gafas feministas cuentan feminicidios, y observan los brotes de homofobia y xenofobia desde el tallo. Esta vida que vivimos no vale nada.

No soy nada sin mis amigas, no existo sin las demás. Necesito comunicación, cariño, apoyo, abrazos, proyectos, conversaciones. Creo que me quiero porque sé lo que necesito. También necesito un mundo mejor, pero sus características no caben en esta entrada. No hay conclusión, solo reflexión incesante. Siempre recuerdo el proverbio zen: "La acción justa solo puede venir de la visión justa". Reflexiono para ver mejor: A veces en conversaciones pausadas y racionales, a veces sola, a veces a voces, a veces a besos, otras desde una mesa, o a golpes de tambor. Mis reflexiones preferidas son las que me devuelvo de vez en cuando, en forma de intuición, es como comer un plato rico, después de varios días preparándolo. Necesito mucha intuición estos días. Mi dolor de cabeza me recuerda la vulnerabilidad y la derrota. La conciencia de la mortalidad suaviza cualquier exigencia, pero la responsabilidad es otra cosa.

En las tradiciones místicas, la ascesis es la privación, previa a la iluminación. Con la contaminación lumínica, la oscuridad es un regalo. ¿Privarse de qué?